lunes, octubre 16, 2006

Gastronomía




A veces me dicen que porqué no escribo de asuntos más normales –cosa que me extraña porque normales me parecían mis temas e intereses de reflexión-, como, por ejemplo, los gustos cuya satisfacción, parece, dan la felicidad a quienes logran saborearlos. Que, por ejemplo, hable de comida. Pero no entiendo cómo se puede encargar un escrito reflexivo sobre un tema como la gastronomía, el arte del buen comer o algo así, a quien ni siquiera es sino siendo sido. Sido por toda la educación platónico-judeo-cristiana que valoró el espíritu frente a la animalidad horrenda de la carne. Espíritu que son creencias orteguianas frente a las ideas que fueron las que todavía se llaman de la sospecha. Mayo del 68 frente al siglo de Agustín. Biología contra cultura. Sido de formas tan contradictorias. Retorno a la primera luz de Heráclito, pues. Pero también Hegel nos dejó dicho que nada de lo pensado por el oscuro quedó fuera de su pensar. Sólo queda aceptar el reto de la síntesis. Reconocer el caos de las voces para, una vez más, intentar el coro de la sinfonía.

Se puede aceptar como una forma de placer. Mas el placer no parece otra cosa sino el premio que la naturaleza da al organismo por realizar las tareas necesarias para conservar su individualidad (imposible sin alimento) o mantener la
especie (ya es imposible que nos olvidemos del viejo “gen egoísta”). Los llamados placeres espirituales no serían, si admitimos la verdad freudiana, otra cosa sino sublimación. Con lo que esta-mos en las mismas. O admitimos nuestra naturaleza animal o reconocemos, más o menos religiosamente, que somos algo más que naturaleza, cultura si así se prefiere. Pero siempre, mal que le pese a Darwin, “sobrenaturales”. ¿Síntesis? Ciertamente necesaria en el siglo XXI en que vivimos. Porque la última mitad del siglo pasado fue la de la cosecha de las ideas que pretendieron salvar el cuerpo tras casi dos mil años de vituperio. Con la consabida vuelta, según la que llaman “ley del péndulo”, al otro extre-mo. Basta con observar cualquier kiosko de revistas para constatar como el culto al cuerpo ha dejado en la oscuridad o la rareza las palabras de otro tipo sublimado. Espectáculo que parece tan lamentable como aquél que lo despreciaba y castigaba sin sentido.

¿Volver al consabido término medio aristotélico? Padecerá nuestra originalidad, ciertamente, pero desde siempre es sabido que el objeto de la filosofía no consiste en la originalidad sino en la verdad. Así, no parece que la armonía buscada sea diferente al término medio tan manido. Es decir, mantener el cuerpo en salud, belleza y placer, pero adornado con la pátina cultural-espiritual que hemos construido durante siglos. ¿Acaso la humanidad no es lucha constante contra el mal natural para vencer sus horrendas leyes de violencia con las leyes, sus límites a la vida con muertes prematuras, sus condenas de dolor con droga y medicina? ¿Acaso no es deseo de perfeccionar sus límites, embellecerla más que lo dado –nunca olvidaremos el elogio del maquillaje que hizo el ya viejo Beaudelaire-, crear incluso obras más bellas que montañas y cielos, acaso, más todavía, no son las ideas de belleza y de bondad fruto del espíritu, pensamiento, vida solo humana? Sin poder olvidar que somos, en pleno sentido hegeliano, su conciencia.

Gastronomía, pues, en su centro. Agradable actividad que genera no sólo el placer rega-lado por las fuerzas naturales sino asimismo la belleza de la presentación y de las for-mas, el logro de sabores exquisitos, la compañía de la amistad y la palabra, imagen de felicidad humana aunando, una vez más, materia, afecto y comprensión. Nada diferente el erotismo: agradable actividad que genera no sólo el placer regalado por las fuerzas naturales sino asimismo la belleza de la presentación y de las formas, el logro de sabores, olores, miradas y sonidos exquisitos, la compañía de la amistad y la palabra, imagen de felicidad humana aunando, una vez más, materia, afecto y comprensión. ¿Comprensión? En esas estamos: haz de tu amor sabiduría. Y ¿porqué no también del alimento?


domingo, octubre 15, 2006

Gritos familiares

Son excesivas las ocasiones en que las relaciones humanas se dirimen entre gritos. Como si esa expresión irracional, ese enfado, diera la razón a quien lo emite. Es otra de esas maneras de “violencia de baja intensidad” que, a medida que crecen las posibilidades, pueden transformarse –como sucedía en el machismo de baja intensidad hace poco comentado en este blog- en grandes violencias. Así parece suceder en este mundo. Batan los gritos, del nivel que queramos, para que quienes lo profieren pasen a ocupar el lugar más importante de la actualidad, de la política, de la vida personal. Bastan las acciones violentas para que pasen a ser entes importantes en las decisiones de la sociedad o víctimas que no tenían otro remedio que la misma para poder subsistir. Pero, ¿es realmente así? Más bien parece lo que sigue, centrándonos ahora en las relaciones del hogar, ese lugar que parece últimamente tan peligroso.

Gritar es mostrar frustración, acaso impotencia, sintiendo que la palabra ya ha terminado sus caminos y la violencia suprema es imposible por terror o esperanza. Quien grita a otra persona, sea por una acción o una omisión indeseable, ha admitido que es ella quien debe dominar a la otra a la que se quiere hacer esclava. Es, por tanto, el grito síntoma de deseos profundamente inaceptables por la persona libre. Inaceptables por la persona que desea ser respetada. ¡Cuánto mas inaceptable por la que quiere ser amada! Es, además, camino seguro hacia mayores violencias psíquicas y, a veces, físicas. Camino seguro hacia la huida a otros hogares más cálidos y acogedores. Incluso hacia la soledad donde el silencio puede curar las heridas de los excesivos, y absurdos, decibelios.

La critica suave, por el contrario, hecha siempre con palabras racionales, tal vez irónicas pero de gracia, conduce al dialogo, a la posibilidad de arreglar lo que desagrada sin que la otra persona se sienta despreciada, esclavizada, odiada. Es, por tanto, un mejor camino hacia la paz en las relaciones, hacia la mejora de estas y de sus componentes, hacia la posibilidad de basar de nuevo estas en el amor con sus placeres y no en la guerra destructiva.

Mas, ¿cómo pasar del grito a la palabra después de haber sido proferido? ¿Cómo perdonar el supremo desprecio en que tal grito ha consistido? ¿Cómo cerrar la herida del desamor? ¿Cómo crear puentes si quien grita no busca caminos de suavidad y perdón ni es capaz de reconocer que la respuesta ha sido infinitamente más peligrosa para la relación que cualquier error o mala conducta de la otra? ¿No habrá muchos gritos detrás de las violencias absolutas que nos cuentan? Sólo si las brasas del amor aún se mantienen, sólo si el orgullo desaparece ante la petición de perdón por medio de besos y palabras, acaso se pueda reconducir la situación. Sólo con la promesa de volver a la razón y olvidar los caminos sin salida de los gritos.

En conclusión, siempre llegamos a la primitiva apuesta de la filosofía. No parece haber sino dos maneras de relacionarnos: la violencia y la palabra. Quien elija la primera jamás sabrá de amor humano ni de amistad humana, por mucho que, en apariencia, triunfe ante los borrachos de palabras. Quien elija la palabra tal vez encuentre en los oasis de la vida altas cotas de felicidad, aunque sean relámpagos de luz en la tormenta absurda en que vivimos.

Lo cual no soluciona el problema de qué palabras usar ante el grito, ante el arma, ante la violencia de quienes han decidido no usar los caminos del lenguaje. Acaso la huída sea posible en las relaciones personales pero no está tan claro en lo político y social. En esto parece, una vez más, que las propuestas filosóficas de diálogo y las religiosas de amor no han podido nada, tras milenios, contra guerras, egoísmos y violencias. ¿Mantenemos esperanzas o esperamos simplemente que no nos toque de cerca la sinrazón?

viernes, octubre 13, 2006

Vicios sin nombre



Parece que fue Aristóteles quien, en sus análisis de las conductas humanas, descubrió alguno vicios que, al no tener nombre, pasaban desapercibidos. Como si diera la razón el viejo refrán euskaldún que dice eso de que “todo lo que tiene nombre existe.” Aunque, en buena lógica, no sería correcto, sí que en realidad parece serlo su contrario: lo que no tiene nombre no existe. De ahí la importancia decisiva de quienes crean ideas para entender la realidad. Uno de esos vicios sin nombre a los que se refería el filósofo era el no sentir rabia, el no enojarse, con los actos injustos. ¿Puede, ciertamente, una persona considerarse moral si, al menos, no lamenta, critica, condena, a los poderosos que se embarcan en guerras por intereses totalmente inconfensables, a quienes se enriquecen con la desgracia ajena, a quienes usan a personas para mejorar puestos a costa del bienestar ajeno, a quienes acosan a compañeros, de escuela, de trabajo, por el mero placer de hacer daño? Por ejemplo.

Mas hoy deseba hablar de otro asunto. Un vicio relacionado con la envidia sin identificarse del todo con ella. Me refiero al odio a la excelencia, a la incapacidad de aceptar que haya personas cuya altura moral, intelectual, estética, esté por encima de la normal. Ese odio que se manifiesta en el intento de buscar en estas algo que las reduzca a la miseria moral, intelectual, estética, de las masas. Cosa sencilla puesto que nadie, mucho menos quien aspira a la excelencia y perfección en su vida, a la bondad, a la verdad y a la belleza, ha adquirido la perfección. Con lo cual, cualquier pequeño defecto, cualquier actividad normal incluso, puede ser considerada como definitiva para echar por tierra el esfuerzo de toda una vida.

¿Qué Einstein cambió para siempre nuestra concepción de la realidad? Sí, pero era machista. ¿Que Marx consiguió mejoras sociales que nadie antes hubiera osado imaginar? Sí, pero se acostó con su criada. ¿Qué Leonardo da Vinci creó belleza, creó verdad, creó utopía? Puede ser pero¿no era homosexual? Millones de ejemplos podrían acudir a nuestra memoria para ilustrar este vicio “democrático” que consiste en igualar a todos por debajo. No se puede considerar envidia porque, quienes critican la excelencia de estos personajes y otros, incluso de quienes podemos encontrar en nuestros caminos cotidianos, no desean en absoluto alcanzar tales cotas intelectuales o morales, sino negar incluso su existencia.

¿Qué alguien es capaz de llevar su pensamiento más allá de las miserias económicas de la normalidad? Aunque quien va a criticar nunca hubiera sido capaz ni de pensarlo –por tanto, para él, ni siquiera existe la posibilidad de una vida mejor- dirá que lo hace porque, en el fondo, no le afecta. ¿Qué alguien prefiera sacrificar comodidades por belleza? Pensará que lo hace porque no le faltan comodidades pero jamás se le hubiera ocurrido a quien critica ni siquiera la realidad de tal cosa. ¿Qué alguien dedica sus noches al estudio o la creación renunciando incluso muchas veces a los placeres del amor? Será que la soledad le abruma o busca beneficios que no encuentra a su pesar. ¿Qué alguien valora más el amor o el intelecto que el dinero? Se le recordará, como si tuviera algo que ver, que trabaja sólo por el dinero: no importará que dedique a su trabajo miles de horas más que las normales, no importará que diga que gran parte de su vida es precisamente ese trabajo donde puede crecer moral e intelectualmente. Nada importará ante la evidencia de que también el bueno tiene que comer.

Triste, sí, mas no por ello menos cierto. Siendo así, no extraña que el diablo que aparece en la novela de Guelbenzu, “Esta pared de hielo”, anduviera aburrido al no encontrar grandes almas que, por su alta moralidad, fueran dignas de captar. Si desde niños se desprecia a los que saben, si el modelo de triunfo es la fama sin sentido, si la palabra ética suena a eso que estudian los que no va a religión o, peor, a una clase donde se ponían “videos”, si el dinero, la diversión, el sexo pasajero sin humanidad, son los valores que vivimos, ¿cómo encontrar a alguien que, como en la novela citada, renuncie a una herencia millonaria porque sabe que su origen es la sangre? De hecho, la parte de la adolescencia que me toca intentar educar, respondió al unísono que no ella, por dios, que no sería ella quien renunciara.

¿Nos enojamos, pues, porque esto sea así? No parece quedar otro remedio si no queremos caer también en este nuevo vicio sin nombre, en ese odio sin límites a la excelencia, a los valores de quienes pierden más horas buscando conocimiento que dinero -¿hay alguien que imite hoy a Salomón?-, amor que sexo, interés que diversión, palabras que imágenes, amistad desinteresada que roces de interés. Enojémonos, pues, y no dejemos de intentar elevar la masa de saber, de placer, de amor, de belleza, de libertad, de felicidad y de justicia a nuestro alrededor.

sábado, octubre 07, 2006

¿Machismo de baja intensidad?


Una muy buena amiga mía me contaba la otra tarde un suceso de esos que todavía suelen suceder en la noche pamplonesa. Resulta que unas amigas suyas, tras una cena con compañeras de trabajo, volvían a casa con el sano propósito de descansar junto a sus esposos, novios, amantes o lo que cada una de ellas tuviera. Ya estaban llegando al aparcamiento para recoger el coche cuando se les acercó un grupo de “hombres”, treintañeros como ellas, invitándolas al baile y a la copa en su “maravillosa” compañía. No es extraño que el silencio fuera la respuesta ante unos desconocidos con los que no tenían intención alguna de hablar, mucho menos de alargar la noche, máxime cuando no parecía que sus condiciones físicas ni psíquicas fueran las adecuadas para una relación mínimamente humana. Se supone que ahí debería haberse terminado la historia, si las cosas fueran las que se esperan normales en estos tiempos, tras más de cuatro décadas de feminismo.

No me contaron truculencia alguna, de esas que salen en los telediarios con más frecuencia de la deseada, no hubo realidad de golpe y sangre, pero sí unas conductas sintomáticas de un insoportable fondo machista que, sinceramente, creía –quería creer- desterrado. Unas conductas que debieran ser denunciadas y castigadas sin que atenuante alguno ni genial abogado defensor pudieran oponer nada. Porque aquellos especímenes de forma humana se debieron sentir despreciados por seres inferiores que, en lugar de agradecerles su atención, les pagaran con indiferencia. Aquello no podía quedar así si pretendían mantener su autoestima. De modo que, como hacen quienes se sienten superiores, seguros por fuerza y número, pasaron de la invitación más o menos educada al insulto delictivo.

¿Cómo reproducir aquí, en un lugar que desea emanar sensibilidad, incluso poesía y belleza, tales palabras, si palabras podrían ser aquellos sonidos? Porque tampoco quedaría bien reflejado el asunto si dijera que lo primero que salió de las bocas de aquellos preclaros varones fue el comparar a aquellas mujeres con la característica de los desfiladeros, es decir, con la estrechez. O lo que siguió con sugerencias de necesitar retozos de amor entre apéndices veloces. ¿Fin? Ya se sabe que, cuando el macho es despreciado, sólo se le ocurre comparar a las mujeres que le ningunean –con razón, por supuesto- con las hembras de aquellos animalitos con los que Sansón, tras atarles a la cola fuego, logró vencer a los filisteos.

Curioso asunto, sí, que quienes se sienten atraídos por quienes les parecen ángeles de amor –eso y más estarían dispuestos a decir si fueran aceptados en sus deseos de compañía-, en cuanto comprueban la imposibilidad de acceder a ellas necesitan transformarlos en lo que más desprecian para, así, no sentirse tan impresentables, tan inútiles, tan literalmente indeseables, como realmente son. Un tipo de ¿hombres? que creíamos desparecidos hace años. Como creíamos desaparecidas las violaciones, vejaciones y asesinatos de mujeres basadas en el tópico “la maté porque no quería ser mía”.

Acaso haya quien piense que, comparados con asuntos mucho más graves, esos sucedidos nocturnos son una especie de “machismo de baja intensidad”, pero nadie debe ignorar que –no podemos dejar de citar en este blog al viejo Platón- “cada cual obra mal a medida de sus posibilidades” y que, en cuanto, la ocasión se presente, lo poco se transformará fácilmente en mucho. Porque estas conductas son excesivamente sintomáticas de un machismo que deseábamos vencido pero que, como se vive cada noche, sigue campando en nuestra sociedad. No es extraño, siendo así, que una de mis amigas confesara haber deseado ser Uma Thurman en la película “Kill Bill” y usar la catana para reducir la aparente virilidad de aquellos machitos a su virilidad verdadera.



domingo, septiembre 24, 2006

Víctimas

Hace unos días, noches más bien, dejé mis escritos para contemplar la película Omagh. No tengo costumbre de hacer comentarios técnicos acerca del séptimo arte. Más bien, por deformación profesional y por seguir haciendo honor al titulo de este blog, son las ideas, el conocimiento que puede aportar, las reflexiones que me provoca, lo que me interesa. En este caso, insertos en nuestro país en el famoso proceso de paz, no pude menos de comparar el (insoluble) problema que plantea el film con lo que puede suceder entre nosotros. A pesar de que ninguna situación es idéntica a otra, sólo porque existen algunas muy similares, podemos aplicar ideas generales a muchas de ellas: de otro modo no podría haber ciencia ni reflexión acerca de asunto alguno.



Plantea la película, como es sabido, el atentado del ”Ira Auténtico” en pleno proceso de paz y la desesperación de las familias que ven cómo nadie hace nada por encontrar, encerrar, juzgar y castigar a los asesinos. Porque hacerlo supondría mayores dificultades para esa paz tan deseada durante decenios. ¿No sucedió cosa parecida en nuestra transición cuando se renunció al castigo de los antiguos colaboradores de la dictadura y sus matanzas? ¿No se decidió el olvido para no caer en una nueva guerra civil, que hubiera sido más desastrosa que cualquier otra alternativa? ¿No esperamos dramas similares en España ante la situación de Euskadi? ¿Acaso las asociaciones de víctimas del terrorismo no temen ver paseando tranquilamente a los asesinos de sus allegados por las mimas calles por donde llevan años arrastrando su dolor? ¿No será así a cambio de acallar para siempre las pistolas y metralletas y no aumentar el número de las víctimas?



¿Víctimas inocentes o víctimas culpables? Acaso pueda servirnos de algo la teoría que sobre el cristianismo elaboró ya hace años Renée Girard. Defiende este que, antes del drama de la crucifixión de Cristo, toda sociedad mítica había considerado a las víctimas culpables y, por tanto, merecedoras del castigo impuesto. Postura que hemos vivido durante años al escuchar, tras un atentado, que la víctima “algo habrá hecho” para merecer tan definitivo castigo. Plantea, por el contrario, que el cristianismo introduce la decisiva novedad de la víctima inocente. Idea que, a pesar de la milenaria herencia cristiana del País Vasco, no parece haya abundado mucho en los años de la violencia etarra. Como, por otro lado, tampoco en la “católica” España del franquismo.


Sea lo que sea, en tiempos de pensamiento arreligioso, lo único claro es que las víctimas lo son, en muchos casos -como sucedía en la película que nos produce estas reflexiones- por mala suerte, por estar en el lugar equivocado, en el momento equivocado. “Daños colaterales”, se diría en el lenguaje cínico de nuestra época, daños inevitables para acabar con el verdadero culpable que, en la mayor parte de las ocasiones, no sufre ningún daño. ¿Ejemplos? ¿Cuántos afganos han muerto mientras Bin Laden parece seguir viviendo en sus refugios? ¿Cuántos iraquíes mientras Sadam se eterniza en los juzgados? ¿Cuántas víctimas inocentes fueron asesinadas en la guerra civil sin alcanzar jamás a Franco, cuántas sin rozar apenas la piel del comunismo realmente existente en aquellos años? ¿Cuántas en nuestra tierra sin que España y Francia hayan cedido un ápice ante las pretensiones de ETA?


¿Servirá de algo la recuperación de la memoria de los muertos del pasado –sobre todo, cuando aparecen esquelas de los dos bandos pretendiendo equiparar los motivos de aquellos enemigos irreconciliables- en vistas a aliviar el dolor del pasado? ¿Servirá el olvido que ahora se pretende, como en la Irlanda del proceso comentado, para aliviar el dolor del presente? No parece tal cosa, no ciertamente para los muertos, no para los mutilados, no para quienes tuvieron la mala suerte de estar donde y cuando no debían. Se lavarán algunas conciencias, no lo niego, acaso se termine de una vez con los métodos violentos (cosa que tampoco parece demasiado clara) pero las víctimas no habrán tenido otra función que ser moneda de cambio de los que quedan vivos, no habrán tenido otra razón de ser que la mala suerte, causa no digna ni heroica, motivo absurdo. Todo lo más, mártires para un parte de la sociedad (magro consuelo para el muerto) y culpables para la otra.


¿Podría haber algún acercamiento, centrándonos en nuestro proceso, a la justicia? ¿Qué se podría reglar a las víctimas y familias a cambio del silencio y la renuncia a la condena? ¿Sería mucho pedir que el bando que espera lograr algo a cambio del abandono de las armas, aceptara la cárcel para quienes asesinaron a víctimas nocentes? Seguramente sí. Porque lo único claro desde el punto de vista humano, individual, que no político, es que las víctimas son victimas y punto. En los países ricos tal vez las familias reciban una compensación económica, en los pobres ni siquiera eso.


¿Conclusión? Si es ya tópico el ¡ay de los vencidos!” lo mismo podemos decir “ay de las víctimas”, pues a ambos grupos se les puede aplicar el rotulo del infierno: “abandonad toda esperanza quienes aquí entréis”. Otro drama sin solución, otro camino para aumentar la masa de sufrimiento, que ya hace milenios era insoportable: por mucho que Hegel hablara de las argucias de la razón o los cristianos del Dios que escribe rectos con renglones torcidos -incluso estos, si fueran ciertas su creencias y alcanzaran el paraíso, nunca podrían olvidar el plus de sufrimiento que otros beatos no tuvieron que pagar-. ¿Futuro? Esto continua.

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martes, septiembre 19, 2006

Granada, la aurora en las montañas

Ahora que todos preguntan qué tal el verano, justo hoy que el otoño empieza, es cuando debo dar fin a los relatos que los cursis llamarían de la canícula. Cuando, allá por enero, mi librero me regaló un calendario con poemas –algunos inéditos- de Juan Ramón Jimenez, editado por un pequeño hotel de Granada, pensé que aquél capricho merecía una visita. No creí que iba a ser tan pronto, pero el verano nos exigió buscar belleza tras recorridos por otros lugares no siempre preñados de hermosura. “El ladrón de agua”, era el nombre del hotel, tomado de un texto juanramoniano del libro “Olvidos de Granada”.

A fe que el ladrón hizo su trabajo restando buena parte del pecunio ganado con el, precisamente, regalo de palabras y de aromas. Mas mereció la pena el viaje literario persiguiendo, desde Moguer, a quien hace cincuenta años fuera regalado con el Nobel. Nos asignaron una habitación denominada con el nombre del poeta, aunque no hubiéramos lamentado haber descansado en la “jitana prendida por el sol”, en "las tres diosas brujas e la Vega”, o en cualquiera de ellas que no disponían de números sino de versos. Versos sustentados en un palacete del siglo XVI, uno de tantos construidos cuando Boabdil, perfeccionad
a su sensibilidad con los placeres de las artes y la carne, no pudo resistir la brutalidad maloliente de quienes, dicen, llevaban años sin lavarse por haber prometido no hacerlo antes de conquistar Granada (según dicen, no parece fuera otra la razón de la victoria de los hunos sobre los romanos: la imposibilidad de soportar su mal olor).

Bajo una de las almenas de la Alhambra, tal vez el único lugar en que la realidad es más hermosa que las postales, según mi joven y bella esposa, nuestro balcón se sostenía sobre un río Darro apenas vivo, un arroyuel
o preñado de cisnes olvidados de su canto, como si padecieran el síndrome de Stendhal, ese malestar ante la belleza que casi termina con la vida del gran escritor francés. Esa angustia que tal vez sea la razón de que ese lugar tan hermoso sea denominado “el paseo de los tristes”. Esa angustia que el poeta definía así: “siento un verdadero malestar físico y a veces tengo que huir de mí mismo, en ella (la belleza), y pensar en otra cosa”. Extraño lugar donde, por las noches, junto a parejas de enamorados, turistas irredentos y árabes reconquistando la ciudad con sus tés, con sus chilabas multicolores, con sus costumbres, sus manjares y colores, aparecían extraños personajes acompañados de multitud de perros que ahuyentaban hacia el Albaicín a los pocos gatos negros que se aventuraban en la noche. Todo ello en ese lugar que es el “marco incomparable” de quienes habitan Granada.

Granada la de los mil contrastes. La que todavía n
o sabe si es árabe o cristiana, la ciudad monumental con sus obras islámicas y católicas, el Albaicín, lugar de nocturnos ensueños solitarios, contratando con las obras caóticas del ciudad moderna y nueva, refugio de restaurantes que envuelven el manjar en la belleza, frente a otras tabernas baratas necesarias en la vida cotidiana que no puede detenerse en hermosuras. Granada, la ciudad que domesticó un agua creadora de jardines y de flores, de frescor en el verano y calidez en los inviernos acosados por la sierra, un agua que sólo es digna de la fuerza creadora que le asignó Tales de Mileto en los orígenes de nuestro pensamiento.

Si todo ello lo envolvemos en días y noches de amor y en el hallazgo de una idea juanramoniana casi heráclitea, podría contestar que el verano bien. El viejo pensador de Éfeso había creído que el tiempo era un niño que jugaba a los dados. Juan Ramón, en otro registro, afirma que el tiempo solo se detiene para jugar con el niño (el niño de Ronda y de Moguer, di
ce). Mi mente iluminada lamenta no haber llevado a mi niño al lugar de tal revelación: puesto que sólo el contacto con la infancia puede curarnos de las prisas que parecen van a amargarnos la vida para siempre; sólo el juego infantil no tiene fines, no tiene prisas, es sólo vida y lucha de libertad: seguramente tan destinado al fracaso como la promesa siempre incumplida de la belleza y de la vida.

No queda más remedio que sea Juan Ramón (Lorca quedó olvidado ante el gigante) quien se despida:

“El pajarito canta

-¿Oh madrugada, dentro, negra y roja!-
donde el niño está muerto.
¡Donde el niño está vivo;
rayo de oro del alegre
amanecer azul y fresco!”






domingo, agosto 06, 2006

Málaga, ¿ciudad del paraíso?



Hace unos días, una muy buena amiga mía me decía que ella sí, que no era como tantas otras gentes que dicen no arrepentirse de nada de lo hecho en la vida, que ella sí que se arrepentía de cantidad de ellas. Tal vea de la que más, de la de haberse enamorado, hace años, de mi, de mí cuando estaba inmerso totalmente en la “etapa estética”, según la clasificación de Kierkegaard. También podría hacer larga lisa de errores cometidos en mi vida. Pero, acaso, uno de los más molestos es el no haber seguido la idea de un famoso pensador actual, la de ganar dinero suficiente para una vida digna antes de los treinta años y dedicarse, después, enteramente a la filosofía. Mas, entre la influencia católica que tantas veces nos repitió la parábola del camello, del rico y de la puerta, junto a la del condenado Epulón y el salvado Lázaro, el desprecio por cosas tan vulgares como el dinero y la falta de una mentalidad cuando menos calvinista, hizo que mil ideas, hoy utilísimas para el negocio, quedaran como “locuras” u ocurrencias.

Una de ellas fue la de realizar funerales laicos –hoy negocio incipiente, aunque, obviamente, no en Navarra-; otra la de realizar consultas filosóficas, actividad, desde la publicación de “Más Platón y menos Prozac”, cada vez más lucrativa incluso en nuestro país. Finalmente, la que me guardo para mi reflexión actual, la de viajar siguiendo rutas más o menos literarias. Así, conocí Córdoba para leer “El collar de la Paloma” en ella, donde Ibn Hazm lo escribiera recién iniciado el siglo XI. Del mismo modo, en aquellos años postreros del franquismo, conocí Málaga, atraído por el libro de Aleixandre “Ciudad del Paraíso”. Cierto es que recalé antes en Marbella, en aquellos tiempo en que esta era un hermoso pueblecito andaluz con sus casas blancas y sus gentes acogedoras. Hablaré otro día de Moguer, a donde me llevó Juan Ramón, puesto que estos ejemplos bastan para intuir cómo antes de que se realizaran itinerarios con las aventuras del Código da Vinci o con las historia del capitán Alatriste, ya andaba, sin mentalidad económica, por esos derroteros.

Incluso hoy, ya sin remedio para adquirir tal mentalidad, volví a Málaga, huyendo del lugar comentado en la reflexión anterior. Ambas veces me sucedió algo similar a lo otrora comentado acerca de las imágenes (decíamos que, una vez vista la fotografía, no merece la pena el viaje porque hay muchas posibilidades, amén de no dejar cabida a la sorpresa, de que el lugar no sea tan bello como ella), que los versos eran infinitamente más bellos que la ciudad. Ni los cuadros de Picasso, ni la catedral, ni sus bares o galerías comerciales, ni su puerto, ni sus playas se acercaban mínimamente a la belleza de los versos que hacia allí me dirigieron. Tanto es así que o bien Aleixandre vivió otra Málaga –cosa segura- o bien su imaginación la transformó en ese lugar apetecible. Que sea él, por tanto, quien cierre esta noche mi pensar con unos versos cuyo sentimiento no parece sea, precisamente, el conocido hoy por quienes visitan las costas de aquél lugar:

Por mis labios de niño cantó la tierra; el mar
cantaba dulcemente azotado por mis manos inocentes.
La luz, tenuamente mordida por mis dientes blanquísimos,
cantó; cantó la sangre de la aurora en mi lengua.

Tiernamente en mi boca, la luz del mundo me iluminaba
por dentro. Toda la asunción de la vida embriagó mis sentidos.
Y los rumorosos bosques me desearon entre sus verdes
frondas,
porque la luz rosada era en mi cuerpo dicha.

Por eso hoy, mar,
con el polvo de la tierra en mis hombros,
impregnado todavía del efímero deseo apagado del hombre,
heme aquí, luz eterna,
vasto mar sin cansancio,
rosa del mundo ardiente.
Heme aquí frente a ti, mar, todavía. . .



Benidorm, que todavía existe


Se suele decir que el viajero sólo tiene interés social si es capaz de narrar su periplo de un modo original, instructivo, sorprendente. ¿Puede suceder tal cosa tras una breve estancia en Benidorm? Es un lugar simbólico porque, del mismo modo, pudimos recalar en Torremolinos, Salou o en cualquiera de los monstruos que han colonizado las playas mediterráneas y algunas otras. De entrada choco con la primera frase escrita, puesto que no es sencillo encontrar algo original, sorprendente o instructivo en estos templos vacacionales. ¿Por qué, entonces, tan pesado viaje? Decir nadie sería excesivo, pero pocas familias escapan al tormento de tener algún allegado que ha comprado o alquilado un apartamento en alguno de esos pueblos o ciudades. Lo cual no deja muchas opciones a la obligación de la visita.

Incluso, si hay que conocerlo todo, no tenemos más remedio que conocer el lugar que se convirtió en modelo del turismo patrio. Primer objeto de deseo de quienes comenzaban a tener vacaciones pagadas hacia los años sesenta del pasado siglo. Deseo de salir de las ciudades sin playa, deseo de viaje y cambio, primeras novedades extranjeras en el ámbito moral y de costumbres (sexuales), inicio de la liberación tras largos años del terrorismo ético ejercido sin pudor por “nuestra” Iglesia. Fue ciertamente original aquél modo de vida, tuvo que sorprender la libertad de otras mujeres, habitantes de países no tan lejanos, no hubo poco de instructivo en el contacto con los “extranjeros”. No había preocupaciones de la increíble corrupción que, seguramente, hubo en aquél y otros lugares similares, no tuvieron fuerza las ideas obligadas, sólo importó en aquellos tiempos la liberación, necesaria, de los cuerpos.

¿Hoy? Sensación de que, tras tanto cambio, nada ha cambiado. Cuerpos jóvenes usan y abusan de la noche, de las drogas legales e ilegales, mientras el sexo ya ha perdido cualquier misterio más allá del placer animal y pasajero. Cuerpos infantiles, jóvenes, maduros y seniles, masculinos y femeninos, usan y abusan del sol y de las playas con un mar que ya no posee encanto alguno ni capacidad para despertar las viejas reflexiones de poetas, científicos y filósofos. Cuerpos que se relacionan sin apenas palabras, más allá de los necesarios intercambios comerciales o sexuales, en esta increíble Babel moderna, poblada por tantos idiomas que las almas se pierden en un silencio incomprendido.

Curioso lugar, extraños centro de tentaciones y caídas que todavía logra atraer a miles, tal vez millones, de personas, a las que no importan las mil incomodidades a que se ven abocadas las verdaderas necesidades de los cuerpos y las almas. Bastan los significantes vacación, sol, descanso, playa, droga, sexo, para que a nadie importe vivir en pisos pensados para dos personas convertidos en hoteles de casi veinte. Pisos –apartamentos les llaman- donde es imposible el descanso, la intimidad, la lectura, la belleza ni, para muchas mujeres, la libertad siquiera del no trabajo en el “hogar”. Tampoco parece importar que playas creadas para mil se llenen de cien mil. ¡Pero todo sea por haber estado de vacaciones fuera del lugar de todo el año!

Sorprende todavía que, para cada generación, para cada clase social, ascendente o que nunca ascendió, todo sea nuevo cada vez. Sorprende que importe más el movimiento sin sentido que la comodidad, la promesa que la realización de la misma, la superficie que la verdad, el hedonismo sin clase que el placer perfecto de la unión de un cuerpo con un alma cultivada. Aprendimos que la humanidad difícilmente cambia más allá de lo más banal y accesorio -ya no se llama a la familia en las viejas cabinas sino con el móvil, no se usan mapas sino GPS, no se llega al apartamento en un seiscientos sino en un unifamiliar, la televisión llena los momentos de tedio en lugar del libro- , que las fuerzas de la propaganda y la sociedad nunca yerran en recuperar el dinero pagado en sueldos con el señuelo de la falsa tentación.

Digo aquí adiós a Benidorm -posiblemente no la vea más, seguramente ya no me enseñe otras historias ni me sorprenda con la repetición-, le digo adiós aquí con el deseo de que sus rascacielos sepan de nube y mar enlazados con versos, con ideas y con almas, que sus playas generen sentimientos elevados como antaño, que sus noches sepan otra vez de amor y sus días generen caminos de hermosura.

Alegrías y temores de un profesor en verano


Es curioso que las profesiones más deseadas en el imaginario tópico popular (la milicia por la creencia en sus grandes beneficios económicos, el sacerdocio por su escasez de trabajo y la enseñanza por sus largas vacaciones) sean a la vez las más odiadas y despreciadas, precisamente por la facilidad de ganar dinero, por no trabajar, por su inutilidad o por envidia. Tópico porque nadie ignora que la milicia es ahora refugio de quienes nada tienen y el sacerdocio de unos cuantos locos que trabajan a cambio de casi nada. ¿La enseñanza? ¿Qué decir si el propio alumnado afirma que ni en sus peores sueños desearían tal profesión, donde es preciso soportar a gentes como ellos? En esta última estamos, a esta última atacamos-defendemos.


En estos tiempos en que, como en casi todos, se critica la indisciplina del alumnado adolescente, su carencia de aficiones intelectuales, la falta de respeto hacia el profesorado, en fin, todas esas truculencias que tanto deprimen a quienes se dedican al imprescindible oficio de enseñar, acaso no vengan mal unas pinceladas de alegría y esperanza. No creo que en este asunto se pueda decir -tal vez en ninguno- que cualquier tiempo pasado fue mejor ya que el propio Platón ya se quejaba en su República de problemas similares. Si nos fijamos en nuestro pasado aparentemente añorado, ¿encontraríamos acaso más respeto o era simplemente el miedo que se extendía desde las alturas del dictador hasta los lugares más íntimos de escuelas y familias? ¿Encontraríamos realmente más lectores o sencillamente estábamos algunos raros que leíamos muchas veces sólo porque estaba prohibido? ¿Ha existido alguna época en que se haya leído más que ahora? No lo creo. Como tampoco que la juventud adorara a sus maestros ni maestras. Supongo que entonces, sea cual sea ese entonces, como ahora, la mayoría, esa minoría que podía acceder al estudio, soñaría únicamente con recreos, vacaciones, diversiones, amores y licores.


Nos queda, una vez más, conformarnos con la minoría y desear que se convierta, al modo juanramoniano, en inmensa minoría. Un conformarse que es satisfacción -sólo puede sufrir quien espere que en la caverna nadie se niegue a la luz y no al contrario- por haber logrado que unas pocas personas amen la luz del mediodía, continuando con el mito de Platón. De este tipo, de las pocas personas que aceptaron la luz de la caverna, son las satisfacciones que suelen encontrarse en el verano, muchas veces cuando menos las esperamos.


Así, placentero es que una de las alumnas más bellas e inteligentes del curso pasado, estando en compañía masculina, no haga como que no me ha visto, sino que me salude con la más encantadora de sus sonrisas. Es agradable que, mientras repostaba gasolina y contemplaba un espectacular todoterreno a mi lado, reciba una amplia sonrisa de una hermosa mujer que me recuerda ser la madre de un ya antiguo alumno. Casi emocionante que, al ir a cenar a un restaurante, la camarera nos reciba con un par de besos a mí y a mí esposa. Como recibir alguna carta donde otra alumna, más antigua todavía, me agradece los consejos de mis clases y, además, sigue citando el libro de ética que escribiera para el curso. O que, en fiestas de algún pueblo, alguien te diga que conserva mis exámenes de hace más de una década. Sigue siendo esperanzador que personas ya universitarias se introduzcan en mi ordenador para compartir experiencias, preguntar dudas o desahogarse ante las dificultades de la vida. Que actuales fontaneros y sus novias, tras una cena en su peña, me pidan palabras filosóficas hasta altas horas de la noche. Incluso, a veces, cuando falta todo no deja de ser uno de los grandes placeres el releer algunos de los comentarios críticos realizados a fin de curso, si estos hablan de que gracias a mis palabras se despertó la luz del amor al saber en sus almas.


Mas son casos extraños, porque la mayoría sigue prefiriendo la caverna. Aquí es cuando me pongo en el lugar de Yavhé, cuando Lot le preguntaba si perdonaría a Sodoma si encontrara diez personas justas en ella. Incluso dos. Al no encontrar sino una, nadie ignora la tormenta de azufre y fuego que la destruyó junto a Gomorra. Estos son los temores que me acosan al acercarse el inicio de otra bajada a la caverna del fracaso inevitable: ¿merece la pena tanto esfuerzo, tanta siembra, sabiendo de antemano que únicamente unas pocas semillas germinarán tras el largo embarazo de nueve meses que nos aguarda?


miércoles, julio 26, 2006

Desde "La Segunda Mujer" (de Luisa Castro)




Media casualidad. ¿Es esta la razón de mi lectura veraniega de esta novela tan comentada, según he llegado a saber, en Cataluña -según la grafía antigua? No parecen razonables las mitades pero algo de eso hay. Porque acaso sean no medias sino tercias, cuartas o quintas casualidades –acaso ninguna-, vayamos a saber. Como los diálogos, triálogos o cuatriálogos de Giordano Bruno. Dado que no tenia ningún deseo de leerla, ni siquiera la conocía hasta hace unos días, fue el verla en manos de mi esposa en las playas canarias el detonante de su lectura. La no casualidad venía de que se la había prestado una persona que conocía nuestra historia. Tampoco, al conocer el tema, podré hablar de azar en su lectura. Pues siempre he leído historias de profesores de filosofía o similares enlazados, más allá de los años, en el amor como un fuego con su aire, que dijo el poeta de Moguer. Recuerdo “Un peso en el mundo” de J.M. Guelbenzu, por ejemplo, y mil historias, también teorías, de la seducción. Recuerdo, incluso, la “Memoria de mis putas tristes” de García Márquez, la “Lolita” de Nabokov, o “el Animal moribundo” de Philip Roth. Historias que me rozan, que ayudan a comprender. Pues ya se sabe que, además de convertir el trabajo en placer, hacer sabiduría del amor es mi lema fundamental.

Lectura rápida –no merecía más-, insoportable sensación de que no merecía ni siquiera citar, al principio, una frase de Coetzee, de “Desgracia”, este sí un gran novelista, de los mejores -¿cómo medir si el mejor entre tanta calidad?- de su generación. Deseo de crítica total, recuerdo de “Bella del Señor” de Cohen, aquí sí la sabiduría del amor en lugares inaccesibles para Luisa. Tanta rapidez, tanta crítica, tanta sensación de haber perdido el tiempo, que sólo el ser verano y el haber adquirido algún conocimiento inesperado sobre el origen último de la historia me hacen escribir. Novela y venganza” es el título del comentario que, en su blog “el ángulohizo Ricardo Pita hace ya algunos meses. Comentario que hizo cierta mi fácil sospecha -que una novelista gallega ponga de protagonista a una novelista gallega era suficiente- de que algo de autobiográfico había en la novela. Puesto que tal novelista, en la realidad, estuvo casada con un “gran hombre” catalán que le doblaba, o más, la edad y con el que, antes de separarse, tuvo dos hijos.

Es el nombre del personaje, no Gaspar, sino el real, quien decididamente me obliga a escribir unas palabras en este “diario” que pretende aunar emoción, recuerdo, plan, erudición, reflexión y autobiografía, todo ello envuelto en las ideas del aire (sin ser Bob Dylan –recordado por su reciente visita a Donosti-Easo-San Sebastián- y sin haber creído todavía que “la respuesta está en el viento”). Xabier Rubert de Ventós parece ser el nombre real de Gaspar. Este hombre, nacido en la aristocracia catalana, conocido hoy día más por sus actividades políticas alrededor del Estatuto catalán, que por las que, en mi juventud, le conocían. Actividades estas relacionadas con el mundo del arte y de la estética: puesto que saltó a la fama en los años sesenta y setenta por sus publicaciones sobre estos temas (“el arte ensimismado”, “teoría de la sensibilidad”, “la estética y sus herejías”, entre otros).

Revelación esta que me tiene anonadado. Pues no es este el recuerdo que me queda de Rubert, al que conocí el 10 de julio de 1975, hace ahora la friolera de treinta y un años, y del que conservo, como regalo preciado, su primer libro antes citado. Tal encuentro sucedió de un modo no sé si rocambolesco o natural. Al menos si es cierto eso de que el “carácter es el destino”. Resulta que, tras los primeros versos de mi adolescencia, algún demonio socrático o diosa parmenídea me inyectó en mi cerebro una pregunta que todavía no he sabido responder pero que ha sido la causa de mis logros y fracasos a lo largo de mi vida. ¿Qué es la belleza? Esa era la pregunta. Esa pregunta que me llevó a amar más a Juan Ramón que a Machado en tiempos en que eso era casi peligroso. Que me hizo saber de memoria “el himno a la belleza” de Beaudelaire, que me hizo decidir mis estudios por escuchar que era en la carrera de filosofía -aun siendo en el quinto y último curso de la misma- donde se hablaba de tal asunto. Tanto es así que, cuando llegué al momento de estudiar lo que se denominaba “Estética”, ya había leído la kantiana “Crítica del Juicio”, la “Estética” de Hegel, varias historias generales del tema, había escrito numerosos estudios sobre lo bello, había leído tanto que el profesor, apenas sabedor del tema en San Agustín, me pedía a mí bibliografía. Desilusión, sí, fue lo que supuso mi encuentro con Don Luis Rey Altuna, alto cargo de educación, profesor, por ello, en la ilustre universidad de la obra divina, donde saqué el título - no donde estudié, que eso lo hacía en la soledad y silencio de mi habitación, robando horas al sueño, que no era mucho entre clases, trabajo, lectura y redacción.

La ignorancia de mi profesor la paliaba, entre otras lecturas, con los libros de Ventós. Hasta aquí cierta normalidad. Quizás menos mi osadía de escribirle y menos todavía su respuesta, su invitación a su casa y nuestra conversación, durante la que me ofreció contratarme como ayudante en la universidad, cosa que no se realizó puesto que fue detenido por algún asunto de opinión, asuntos que seguramente hoy nos harían sonreír de incredulidad. Me quedó la impresión de un hombre sencillo, a pesar de su posición social y de su fama, con el que sólo por la mala suerte de no haber muerto todavía el dictador y no haberse instaurado esta imperfecta democracia, no pude trabajar.

De ahí mi sorpresa cuando me dicen que un hombre (teóricamente de ficción) que desprecia a la servidumbre sólo por su origen social, que vive en la corrupción – lo de hacer aprobar a su hijo, consiguiendo las preguntas de la oposición y darle trabajo en la Generalitat , se cuenta como algo normal en su vida-, que desee una hija y luego no solamente se niegue a cualquier esfuerzo de crianza sino que sea capaz de darle una paliza por un miserable y normalísimo llanto, trate a las mujeres casi (¿casi?) como objetos, no sea capaz de ninguna sensibilidad, entre muchos otros defectos, es precisamente ese con el que, hace treinta años, mantuve una conversación más o menos filosófica.

Porque lo peor viene aquí. Una de las críticas que se le hace en la novela es que opinaba que nada se arregla con palabras. Lo cual, en un filósofo, siempre hijo de Platón, es tan grave como no creer en el amor siendo practicante de la religión de Cristo. Por supuesto que conozco mil fracasos, muy pocas personas están dispuestas a un diálogo que busque verdad y justicia, pero no puedo sino esforzarme en conseguirlo a no ser que desee dejar de ser filósofo, una profesión que nació, entre otros asuntos, como una apuesta a favor del diálogo en contra de la violencia.

¿Realmente la negativa de Luisa Castro a aceptar la novela como totalmente autobiográfica es cierta? Así lo espero para poder esperar que, en él, la filosofía no fuera una pose para justificar su posición social, para no atribuirla únicamente a su nacimiento: aunque ciertas sospechas tengo cuando recuerdo su frase de que no era la filosofía quien le permitía tener aquél piso en Pedralves sino su padre. Supongo que nunca lo sabré.

martes, julio 18, 2006

Eskubi y las arrobas



No tengo nada personal contra Eskubi sino contra alguna de sus manifestaciones que, no sé porqué, me afectan especialmente: acaso por amar las ideas y las palabras. Debo reconocer que no conocía a este hombre antes de sus (malos) usos de la palabra a-gnosticismo, ya criticados previamente en otro artículo presanferminero en este mismo blog. Después supe que fue más coherente al acudir a procesiones y misas con excusas variadas, más cercanas, a pesar de todo, al agnosticismo declarado que le llevó al ridículo de su grito. Tras pasar las jornadas festivas en lugares más tranquilos ya me había olvidado de él a pesar de algunas críticas absurdas de ciertos amigos a mi artículo. Resulta que si alguien se proclama de izquierdas (no quiere decir que lo sea, que mis dudas, por lo menos, tengo que el nacionalismo necesariamente sea tal cosa) tiene bula para decir las mayores burradas sin que, desde la izquierda, se le pueda criticar, sin ser acusado de dar armas a la derecha. Cuando sólo se está pidiendo que la izquierda sea inteligente y no zafia.

Debo reconocer que, en estos tiempos, los matices del pensar no pesan, no, muchas arrobas. Que para ser izquierdista, parecen pensar ciertas gentes, es necesario ser nacionalista, cosa más que discutible. Además -seamos divertidos- si hace años en el viejo “Egin” confesé, glosando a Groucho, que no podía pertenecer a una nación que aceptara gente como yo, menos todavía debería desear pertenecer a una que acepte, además como representante, a gente como mi querido concejal. Este hombre que parece tener que ser progre para todo, que no tiene novia (una de la más hermosas palabras del castellano que, como veremos e enseguida, no parece amar en demasía) ni esposa –ni siquiera amante, concubina, querida, amada, cualquier otra palabra más cariñosa e íntima- sino sencillamente compañera (como si compañera no fuera la del pupitre de al lado de la clase, la que trabaja junto a nosotros en la oficina o asuntos similares): y más vale que no la llamó mi moza o mi camarada; que también debe ser feminista al menos en la triste apariencia del uso maldito del @, hace ya años castigado, como antes lo fue la a/o –cosa que aún tuvo algún sentido en los años setenta, acaso en los primeros ochenta, antes de que lográramos hacer lenguajes agradables sin tener que usar tan tales horrísonos artificios-, con la pena de muerte estética para cualquiera que la usase.

Porque de eso quería hablar. Acaso el concejal ame (¿de veras?) más el euskera (por si acaso, mi idioma materno, como el castellano lo es el mío paterno) que el romance pero es evidente que conoce y usa este, si bien con poca precisión: en primer lugar en algunos conceptos como el famoso agnosticismo, y en su artículo de hoy (me olvido del contenido) con el uso de algo que no existe ni, aunque deba luchar hasta la extenuación, existirá. ¿Será que realmente odia el castellano a pesar –o por ello- de no poder vivir sin él, y quiere destruirlo con estos incalificables artificios?

Hace años ya pensaba que si, que era malo, muy malo, eso de usar el @ para aparentar, muchas veces sólo eso, igualdades no discutidas entre hombres y mujeres: pero ninguna mujer decente, ni hombre, puede admitir ese pseudo-feminismo barato, ese cambio que viene tras el o/a, esa @ maldita que merece el mayor castigo porque no sólo no acrecienta la masa de belleza del universo sino que consigue aminorarla. Agustín García Calvo solía llamar “gilipoyas” –así escrito por él- a quien, creyendo hacer su voluntad, sólo obedecía a quien mandaba. En este asunto del @ dudo que puede haber persona más o menos decente que quiera de por sí usar tal monstruosidad No, es este uno de los ejemplos de gilipollez mas cercanos que tenemos, es el poder que pretende robarnos incluso el uso hermoso de la lengua, ese poder, que se pretende progre, que ha conseguido que muchas personas usen unos términos que no comprenden pero parecen quedar bien, que sirven para poder pertenecer a la numerosa tribu de los “progres”.

No se me diga, no, que es el único modo de referirnos a los dos sexos, por lo menos, de que nuestra especie se compone. No, porque quienes ya hace más de treinta años, hombres acaso más que mujeres, nos dimos cuenta de la importancia del lenguaje para la igualdad, a la vez que del significado que tiene el hecho de que, en la mayor parte de las religiones, haya dioses en lugar de diosas, ya incurrimos, al principio, en el horror del o/a y, tras ser condenados por la belleza del lenguaje, buscamos alternativas diferentes y variadas que jamás caerán en el hacer caso a quienes mandan, sean de la tribu que sea. Hace ya algún tiempo una mujer verdaderamente libre, me escribió, a propósito de este asunto, lo siguiente: que “la estupidez humana llega a límites insospechados y ésta es una de las muestras más palpables. De todas maneras he de decirte como fémina, que si bien esta moda me parece una estupidez, que ofende más bien a la estética, la que me saca de mis casillas es la anterior: esa del o/a. ¿Cuantas conferencias interminables no habremos oído en el que el orador se volvía loco de placer con sus o /a? ¡Pardiez, qué moderno soy! incluyo a las mujeres en mis pensamientos y divagaciones filosóficas... Por no hablar de los políticos y jefes más inmediatos. Cualquier mujer que haya tenido el gusto de trabajar en la empresa privada (sobre todo aquí hay que mantener las formas sin llegar al despendole) tendrá cuasi-tatuado el o/a. "Pasemos todos/as a la sala de reuniones, todos/as pensamos que..., todos/as vamos a trabajar por...". Lástima que en las bajas maternales, salarios, vacaciones y demás las aes se pierdan por el camino... Y héte aquí cual es mi sorpresa cuando al carro se suben también las nuevas generaciones y te encuentras a una de tus congéneres hablándote en los mismos términos.¡¡!!! ¿Pero qué pasa? ¿Es la liberación esa femenina que dicen que ocurrió? ¿Es la maldita letra @ que se ha apoderado de algo más que del papel? Igual se está dando una nueva evolución biológica y se nos esta convirtiendo el cerebro en @...” Además ¿se ha avanzado algo, o se ha retrocedido, respecto al viejo “señoras y señores con que empezaban todos los discursos de otras épocas aparentemente, sólo aparentemente, sólo para los de mala memoria, menos feministas?

Por cierto, para evitar posibles nuevas acusaciones de “dar armas a la derecha” termino aquí con un resumen de mi ideología político-social: toda política verdaderamente democrática no debe basarse en mentiras, ni en populismos fáciles ni en victimismos falsos sino en la verdad y en la belleza. De hecho, se puede decir que la política ideal sería el paso del caos informe de la esclavitud, las desigualdades económicas, sexuales, raciales , del enfrentamiento violento y el trabajo absurdo a la libertad, la igualdad, el diálogo y la creatividad. En resumidas cuentas una nueva versión de la teogonía hesiódica, una nueva versión de la creación del mundo.

Como decía aquél, quien tenga oídos para oír que entienda.


lunes, julio 17, 2006

Fuerteventura



Convertido en uno de esos malditos “viajeros” de los que abominé en Semana Santa, me encontré el seis de julio, junto con mi joven y bella esposa y con mi encantador hijito de cinco años, en un hotel de Fuerteventura, esa isla desierta con playas idílicas casi inaccesibles. Tanto que la piscina era la playa más concurrida de todas ellas. Más todavía cuando, de acuerdo con la moderna –tan tardía como necesaria-ley de costas-, no se puede construir, como antaño, a pie de playa. Asunto que ubica a los hoteles más cercanos a más de medio kilómetro de las salvajes olas tras, como en nuestro caso, bajar una empinada cuesta que, obviamente, luego había que subir, antes de llegar a los doscientos o más metros exigidos por la ley. No es extraño así que no hubiera hamacas libres en la piscina desde la primera hora de la mañana. Unas hamacas ocupadas por cuerpos morenos o todavía blancos, atléticos unos, obesos los demás, hermosísimos algunos, lejos de la belleza los demás. Cuerpos que encerraban almas lectoras, juguetonas de nintendos o pesepés, hacedoras de crucigramas o soñadoras simplemente. Hacía tiempo que no veía tantos ojos repasando letras en un libro. Libros de todos los colores, en todos los idiomas que antes se llamaban cultos, alemán, francés, inglés, pocos en castellano, con títulos muy repetidos en todos ellos. ¿Adivináis quien se llevaba la palma? Por supuesto que sí, ese, el de la película reciente, el del mayor éxito de los últimos años, ese del que no me resistiré a contar mi experiencia en este verano que invita a la relajación. Incluso a alguna lectura mala pero necesaria para la misma. Que nadie puede estar todas las horas en alerta. Aunque sea entonces cuando venga el Señor: mala suerte en ese caso. A no ser que el santo código sea capaz de vencer nuestra pereza merecida tras un año de pensar.

A mí me tocó Houellebecq y su ¿novelita? Lanzarote. Pero Lanzarote lo conocí el pasado año en el viaje de amor que me tocó tras la boda de mi medio siglo. También durante las fiestas de San Fermín, también esta vez olvidadas y abandonadas por temor al ruido que no es música, a los olores que no son Chanel, a las masas que no son relajamiento ni soledad. Pero como no soy Houellebecq y mi situación era de nuevo esposo y luego familiar, ni me encontré con dos lesbianas alemanas con ganas de ser fecundadas, ni con un policía belga acusado, más tarde, de pedofilia dentro de una secta en la que buscó consuelo. Sí que escuché la historia del volcán que relata al final del libro para poder darle cierto empaque de páginas, amén de visitar los cactus, las cuevas y las playas de turistas. Los conocidos fueron sólo matrimonios tranquilos del norte, camareras hartas de la explotación, saludos pasajeros y, sobre todo, mucho amor. Nada que pudiera inspirar una ¿novela? como la citada que lo mismo podía haber sido ubicada en cualquier costa, en cualquier lugar, incluso en el olvido para hacer caso al Ortega que pedía no escribir libros inútiles como la mejor obra de caridad de nuestro tiempo.

¿Daría Lanzarote para más? Un coche alquilado por dos días nos llevó al centro de la isla, a Betancuria, donde escuchamos los pocos conocimientos que bebimos en la isla, gracias al párroco de la pequeña ciudad para el que, según confesión apresurada, era una lata vivir en aquél lugar. Pero nos informó del origen del nombre de Betancuria, procedente de un pirata francés, Betancourt, que, gracias al rey de Castilla, evitó la muerte refugiándose en esta isla y poniéndola bajo el gobierno castellano. ¿Los habitantes anteriores? No parece pasaran de doscientos y no hubo tiempo para conocer su lugar de procedencia ni las razones que les llevaron a permanecer en tan pobre y desértica isla. No es extraño se convirtiera poco más que en zona militar y de castigo (allí fue desterrado Unamuno durante un tiempo) hasta el descubrimiento, llevado a cabo por agencias de viajes, promotores urbanísticos y otros bienhechores de la humanidad, del valor monetario que tendrían unos hoteles de lujo desde los que pode visitar playas todavía salvajes, todavía alejadas de la construcción: otro buen negocio para todoterrenos y similares: porque una cosa es una playa salvaje y otra tener que hacer los esfuerzos de los viejos piratas que trepaban, en palabras del citado párroco, como gatos.

Curioso asunto este de lugares abandonados por su inhabitabilidad convertidos en “paraísos turísticos” desde los que, acaso, alguien todavía pudiera contemplar la luna llena rielando sobre el mar y reflexionar sobre infinitudes naturales, pequeñeces humanas, alejamientos de la naturaleza, la fuerza del dinero, los engaños de la propaganda, el sentido de la vida, la muerte o el amor. Siempre que podamos evitar lecturas de códigos y ocurrencias tipo Houellebecq.

jueves, junio 29, 2006

Eskubi y San Fermín

Siempre habrá alguien que nos sorprenda antes de las inigualables, incomparables eta abar, fiestas de San Fermín. Resulta que, tras mil trabas, desencuentros y polémicas, al fin se sabía ya quién iba a lanzar el cohete con el que la fiesta, eso dicen, estalla. Ya que ni el Osasuna había ganado la liga ni teníamos otro Indurain que apartara la política de las fiestas, la suerte recayó, según orden y lista, en el concejal de Aralar, Javier –uno más en esta fiesta de la originalidad en que consisten los nombres propios navarros- Eskubi.

Acaso para contrarrestar la falta de originalidad de su nombre propio, a nuestro ilustre concejal no se le ha ocurrido otra idea sino la de cambiar por un “vivan la fiestas de San Fermín” el tradicionalísimo grito de inicio de las fiestas, el célebre ¡Viva san Fermín!, unido al más reciente ¡Gora San Fermín! Un grito mucho más antiguo, mal que a algunos pese, que el uniforme blanco y rojo con el que los navarros y navarras (que no se nos olvide la corrección política), añorantes tal vez de los uniformes de seminarios y colegios religiosos donde, más o menos, se educaron, muestran su originalidad, la anarquía y diferencia de la fiesta. Será que la humanidad no ama tanto la libertad como se dice sino, más bien, la manada y el grupo.

Resulta que, según dicen algunas voces que dijo, nuestro concejal es agnóstico y, por tanto, no cree en San Fermín. La verdad es que se me escapa la relación que pueda haber entre ser agnóstico y creer o no creer, toda vez que tal palabra sólo significa ignorancia: del griego a (no) y gnosis (conocimiento). Si nuestro concejal afirma desconocerlo todo acerca de este tema, ¿qué problema tendrá para decir “viva San Fermín” o “vivan las fiestas de san Fermín”? Independientemente de que el significado de ambas expresiones no varía demasiado, puesto que si las fiestas son de san Fermín, no parece sino que se esté afirmando de otro modo la importancia esencial del santo para la existencia de las fiestas.

¡Cómo se va domesticando nuestra izquierda! Hace doscientos años, ningún izquierdista hubiera sido tan tibio como para declararse agnóstico sino que hubiera sido decididamente anticlerical y ateo. De modo que sí tendrían sentido las negativas a asistir a procesiones, dar vivas a los santos o besar el anillo del Obispo. Por el contrario, ¿esta izquierda light, que bebe cerveza sin alcohol, descafeinado con leche desnatada y coca cola sin coca, va más allá de un intento de provocación absurdo y de un querer salvar lo “políticamente correcto” de los ideales que un día tuvo su formación?

Sin olvidar que toda fiesta, según dicen los antropólogos y estudiosos de las religiones, tiene un origen religioso, sin el cual pierden todo su significado y se convierten en meros regresos a la animalidad. En efecto, algunas teorías afirman que la fiesta suponía un momento de liberación, un oasis en la dura vida cotidiana, un momento donde ser rompían los tabús y represiones para, después, tras las penitencias rituales, volver con renovadas fuerzas a la vida del trabajo y a la ley. Las actuales fiestas laicas –como las de aquellos que pretenden fiestas paralelas a comuniones, bautizos o confirmaciones- sólo constituyen una añoranza de momentos en que la vida tenía sentido. Acaso fuera falso pero lo tenía.

No extraña así que nuestra fiesta se haya convertido en un retroceso a la más brutal animalidad. Privada de todo sentido, incluso de la liberación de lo cotidiano, que se realiza cada fin de semana o en las miles de fiestas (siempre dedicadas a vírgenes y santos) de nuestra geografía, todo es gamberrada, suciedad, droga absurda, vino sin control, muerte sin sentido (ni siquiera podemos encontrar en los toros el más mínimo vestigio de la fuertes mitologías antiguas donde el toro tenía su lugar), vergüenza posiblemente para el santo patrono si este, por un casual que nunca debería sorprender al agnóstico, existiera y asistiera con su capote a los mozos, divinos y humanos, que se aventuran por las peligrosas calles al amanecer.

Brinde, pues nuestro concejal, con el canto de siempre, con su nombre de siempre, déjese de provocaciones absurdas en momentos que no convienen e incluso recuerde aquél viejísimo consejo de nuestro maestro Platón cuando exigía a los gobernantes sabiduría (lo contrario del agnosticismo) y, por tanto, justicia, bondad, generosidad. Que incluso hay sospechas de que esta descafeinada izquierda se desliza, a veces, hacia lugares de injusticia, injusticia que es producto, sigue el filósofo, precisamente de la ignorancia Dado que otro filósofo todavía más viejo decía que sólo quien no espera hallará lo inesperado, brindemos, por si acaso, por San Fermín.

miércoles, junio 28, 2006

La muerte y sus angustias



No parece que esta vida se precisamente un camino de alegrías. Hace ya un año murió un muy querido tío mío dejando a su esposa en la soledad más absoluta, toda vez que sus hijos, ya mayores, obviamente tenían su vida y apenas tiempo para la visita y el cuidado. Hoy es el día en que mi muy querida tía sigue en su soledad y tristeza. Sin los placeres ni siquiera los problemas que el amor podía depararle en su cada vez más cercana vejez. Por ello intento una reflexión sobre la muerte que también Platón, nuestra referencia, nos dejó dicho que la filosofía era una reflexión acerca de la muerte.

Intento imaginar aquellos lejanos tiempos y lugares en que alguien de nuestra especie comprobó cómo alguno de sus congéneres, esposa, hijo, compañera, enemigo u animal, dejaba de moverse para siempre. Cuando alguien sintió por primera vez la aguja del dolor corroyendo cuerpo y mente. Intento adentrarme en su sorpresa, en su angustia e incomprensión y, a pesar de todo, apenas encuentro algo diferente a los sentimientos que podemos encontrar en nuestras mentes o en nuestro rededor: sólo hemos añadido los discursos inventados para escapar de tan horrenda realidad.

¿Pues qué? ¿Acaso sentimos otra cosa que rechazo e incomprensión? Rechazo del dolor, de cualquier dolor, de la muerte tanto rechazo que hemos terminado por esconderla en los sótanos más recónditos de la sociedad. ¿Los relatos? Parece que todos ellos se limitan a negar la realidad de la muerte, bien sea como las religiones prometiendo otras vidas –más verdaderas incluso- que la sabida, bien las filosofías prácticas que, siendo modelo Epicuro, muestran cómo la muerte no existe para los vivos ni los muertos son capaces de sentirla. No así la del dolor que aparece como pasaje necesario para la eternidad en las diversas religiones o como algo a evitar del modo que sea entre las filosofías del placer. ¿Hoy? Todas conviven, siendo la ciencia un convidado de piedra que nada tiene que decir. Con sólo veinticuatro años una poetisa española, Carmen Jodra, ha resumido perfectamente estas variantes en su poema “y dijo la Biblia…” de su libro “las moras agraces”:

“Y dijo la Biblia:
“El hombre es un ser creado por Dios
a su imagen y semejanza
con un alma inmortal que es el aliento
que el Creador le insufló”
Y dijeron todos:
“No nos lo creemos”.

Y dijo el poeta:
“El hombre es un ser extraño,
con penas y alegrías incontables,
con grandezas y miserias y deseos
que él mismo no comprende”
Y dijeron todos:
“Es verdad, pero bueno,
qué le vamos a hacer,
no merece la pena preocuparse”.

Y dijo la ciencia:
“El hombre es un ser vivo
porque nace, crece, se alimenta,
se reproduce y muere,
y pertenece al reino animal,
metazoos superiores, tipo vertebrados,
clase mamíferos”.
Y dijeron todos:
“Sin duda. Tiene razón”.
Y así nació Occidente.”

Queda, como siempre, Platón: “Acerca de esos temas hay que lograr una de estas cosas: o aprender (de otro) cómo son, o descubrirlos, o, si eso resulta imposible, tomando la explicación mejor y más difícil de refutar de entre las humanas, em­barcarse en ella como sobre una balsa para surcar navegando la existencia, si es que uno no puede hacer la trave­sía de manera más estable y menos arriesgada sobre un vehículo más seguro, o con una revelación divina.”

¿Qué de nuevo podrá añadir a todo un filósofo de hoy? Como casi todo: nuevas versiones de lo mismo. Pues, admitiendo muerte, sólo queda vivir la vida dignamente y con dignidad morir. No admitiéndola, refugiarse en la creencia del lugar y apostar por ella. Sólo puede añadirse la duda. ¿Merece la pena pensar más? Fin o eternidad: no hay más dilema. Con seguridad, sólo queda la vida. Mientras queda.