sábado, octubre 07, 2006

¿Machismo de baja intensidad?


Una muy buena amiga mía me contaba la otra tarde un suceso de esos que todavía suelen suceder en la noche pamplonesa. Resulta que unas amigas suyas, tras una cena con compañeras de trabajo, volvían a casa con el sano propósito de descansar junto a sus esposos, novios, amantes o lo que cada una de ellas tuviera. Ya estaban llegando al aparcamiento para recoger el coche cuando se les acercó un grupo de “hombres”, treintañeros como ellas, invitándolas al baile y a la copa en su “maravillosa” compañía. No es extraño que el silencio fuera la respuesta ante unos desconocidos con los que no tenían intención alguna de hablar, mucho menos de alargar la noche, máxime cuando no parecía que sus condiciones físicas ni psíquicas fueran las adecuadas para una relación mínimamente humana. Se supone que ahí debería haberse terminado la historia, si las cosas fueran las que se esperan normales en estos tiempos, tras más de cuatro décadas de feminismo.

No me contaron truculencia alguna, de esas que salen en los telediarios con más frecuencia de la deseada, no hubo realidad de golpe y sangre, pero sí unas conductas sintomáticas de un insoportable fondo machista que, sinceramente, creía –quería creer- desterrado. Unas conductas que debieran ser denunciadas y castigadas sin que atenuante alguno ni genial abogado defensor pudieran oponer nada. Porque aquellos especímenes de forma humana se debieron sentir despreciados por seres inferiores que, en lugar de agradecerles su atención, les pagaran con indiferencia. Aquello no podía quedar así si pretendían mantener su autoestima. De modo que, como hacen quienes se sienten superiores, seguros por fuerza y número, pasaron de la invitación más o menos educada al insulto delictivo.

¿Cómo reproducir aquí, en un lugar que desea emanar sensibilidad, incluso poesía y belleza, tales palabras, si palabras podrían ser aquellos sonidos? Porque tampoco quedaría bien reflejado el asunto si dijera que lo primero que salió de las bocas de aquellos preclaros varones fue el comparar a aquellas mujeres con la característica de los desfiladeros, es decir, con la estrechez. O lo que siguió con sugerencias de necesitar retozos de amor entre apéndices veloces. ¿Fin? Ya se sabe que, cuando el macho es despreciado, sólo se le ocurre comparar a las mujeres que le ningunean –con razón, por supuesto- con las hembras de aquellos animalitos con los que Sansón, tras atarles a la cola fuego, logró vencer a los filisteos.

Curioso asunto, sí, que quienes se sienten atraídos por quienes les parecen ángeles de amor –eso y más estarían dispuestos a decir si fueran aceptados en sus deseos de compañía-, en cuanto comprueban la imposibilidad de acceder a ellas necesitan transformarlos en lo que más desprecian para, así, no sentirse tan impresentables, tan inútiles, tan literalmente indeseables, como realmente son. Un tipo de ¿hombres? que creíamos desparecidos hace años. Como creíamos desaparecidas las violaciones, vejaciones y asesinatos de mujeres basadas en el tópico “la maté porque no quería ser mía”.

Acaso haya quien piense que, comparados con asuntos mucho más graves, esos sucedidos nocturnos son una especie de “machismo de baja intensidad”, pero nadie debe ignorar que –no podemos dejar de citar en este blog al viejo Platón- “cada cual obra mal a medida de sus posibilidades” y que, en cuanto, la ocasión se presente, lo poco se transformará fácilmente en mucho. Porque estas conductas son excesivamente sintomáticas de un machismo que deseábamos vencido pero que, como se vive cada noche, sigue campando en nuestra sociedad. No es extraño, siendo así, que una de mis amigas confesara haber deseado ser Uma Thurman en la película “Kill Bill” y usar la catana para reducir la aparente virilidad de aquellos machitos a su virilidad verdadera.



1 comentario:

nina olvido dijo...

Te escribo desde la facultad. He vuelto a la edad de piedra sin mi ordenador! Así que ando un poco desconectada...

Me gusta esto que ha escrito, me ha echo reír, pero la catana de Uma Thurman no es un buen método de defensa...
La indiferencia ante las palabras necias hiere más. Si no, sería rebajarnos a su nivel neandertal. (No me gusta ese anuncio de compresas. Una vez ya hablé sobre esto!)
Bueno, que me voy a clase. A ver si te pillo el ritmo!
Besos