domingo, agosto 06, 2006

Alegrías y temores de un profesor en verano


Es curioso que las profesiones más deseadas en el imaginario tópico popular (la milicia por la creencia en sus grandes beneficios económicos, el sacerdocio por su escasez de trabajo y la enseñanza por sus largas vacaciones) sean a la vez las más odiadas y despreciadas, precisamente por la facilidad de ganar dinero, por no trabajar, por su inutilidad o por envidia. Tópico porque nadie ignora que la milicia es ahora refugio de quienes nada tienen y el sacerdocio de unos cuantos locos que trabajan a cambio de casi nada. ¿La enseñanza? ¿Qué decir si el propio alumnado afirma que ni en sus peores sueños desearían tal profesión, donde es preciso soportar a gentes como ellos? En esta última estamos, a esta última atacamos-defendemos.


En estos tiempos en que, como en casi todos, se critica la indisciplina del alumnado adolescente, su carencia de aficiones intelectuales, la falta de respeto hacia el profesorado, en fin, todas esas truculencias que tanto deprimen a quienes se dedican al imprescindible oficio de enseñar, acaso no vengan mal unas pinceladas de alegría y esperanza. No creo que en este asunto se pueda decir -tal vez en ninguno- que cualquier tiempo pasado fue mejor ya que el propio Platón ya se quejaba en su República de problemas similares. Si nos fijamos en nuestro pasado aparentemente añorado, ¿encontraríamos acaso más respeto o era simplemente el miedo que se extendía desde las alturas del dictador hasta los lugares más íntimos de escuelas y familias? ¿Encontraríamos realmente más lectores o sencillamente estábamos algunos raros que leíamos muchas veces sólo porque estaba prohibido? ¿Ha existido alguna época en que se haya leído más que ahora? No lo creo. Como tampoco que la juventud adorara a sus maestros ni maestras. Supongo que entonces, sea cual sea ese entonces, como ahora, la mayoría, esa minoría que podía acceder al estudio, soñaría únicamente con recreos, vacaciones, diversiones, amores y licores.


Nos queda, una vez más, conformarnos con la minoría y desear que se convierta, al modo juanramoniano, en inmensa minoría. Un conformarse que es satisfacción -sólo puede sufrir quien espere que en la caverna nadie se niegue a la luz y no al contrario- por haber logrado que unas pocas personas amen la luz del mediodía, continuando con el mito de Platón. De este tipo, de las pocas personas que aceptaron la luz de la caverna, son las satisfacciones que suelen encontrarse en el verano, muchas veces cuando menos las esperamos.


Así, placentero es que una de las alumnas más bellas e inteligentes del curso pasado, estando en compañía masculina, no haga como que no me ha visto, sino que me salude con la más encantadora de sus sonrisas. Es agradable que, mientras repostaba gasolina y contemplaba un espectacular todoterreno a mi lado, reciba una amplia sonrisa de una hermosa mujer que me recuerda ser la madre de un ya antiguo alumno. Casi emocionante que, al ir a cenar a un restaurante, la camarera nos reciba con un par de besos a mí y a mí esposa. Como recibir alguna carta donde otra alumna, más antigua todavía, me agradece los consejos de mis clases y, además, sigue citando el libro de ética que escribiera para el curso. O que, en fiestas de algún pueblo, alguien te diga que conserva mis exámenes de hace más de una década. Sigue siendo esperanzador que personas ya universitarias se introduzcan en mi ordenador para compartir experiencias, preguntar dudas o desahogarse ante las dificultades de la vida. Que actuales fontaneros y sus novias, tras una cena en su peña, me pidan palabras filosóficas hasta altas horas de la noche. Incluso, a veces, cuando falta todo no deja de ser uno de los grandes placeres el releer algunos de los comentarios críticos realizados a fin de curso, si estos hablan de que gracias a mis palabras se despertó la luz del amor al saber en sus almas.


Mas son casos extraños, porque la mayoría sigue prefiriendo la caverna. Aquí es cuando me pongo en el lugar de Yavhé, cuando Lot le preguntaba si perdonaría a Sodoma si encontrara diez personas justas en ella. Incluso dos. Al no encontrar sino una, nadie ignora la tormenta de azufre y fuego que la destruyó junto a Gomorra. Estos son los temores que me acosan al acercarse el inicio de otra bajada a la caverna del fracaso inevitable: ¿merece la pena tanto esfuerzo, tanta siembra, sabiendo de antemano que únicamente unas pocas semillas germinarán tras el largo embarazo de nueve meses que nos aguarda?


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Uf, la cuestión de si antes las cosas eran mejores o peores es tan ardua y resbaladiza que mi opinión oscila. Aunque recuerdo que Azúa decía una vez algo así como que, antes, aunque sólo una ínfima minoría participara de la cultura y de los libros (una minoría mucho más ínfima que la de ahora), al menos existía una creencia general en su sentido y valor que ahora se ha perdido. No sería un problema cuantitativo (nunca, en esos términos, han estado las cosas mejor que ahora), sino cualitativo, de un estado general de opinión que iba más allá de las cifras.
Por lo demás, magnífico comentario (y además muy bien escrito). No sólo en la enseñanza, también en otros muchos órdenes a veces sólo pequeños detalles consiguen salvar un día, un recuerdo, e insuflan un poco de esperanza en las cosas.

nina olvido dijo...

Merece la pena. no lo ves?
un abrazo.